A TRAVES DEL ARCOIRIS

No hace mucho leí que el razonamiento y los sentimientos, incluido el amor, no son más que manifestaciones de procesos químicos que se dan en nuestro organismo. La reacción que esta lectura me produjo fue similar a la que tuve cuando Armstrong pisó la Luna: la de algo que se había roto. En el fondo, yo hubiera querido que la Luna fuera de queso.

Sin embargo, quizá porque desde niño aprendí que son luz refractada en gotitas de agua, los arcoiris nunca me han desilusionado. Cada vez que tengo la suerte de ver uno, pienso en la olla con oro que debe haber al final. Mejor dicho, casi cada vez, porque los arcoiris más hermosos que he contemplado no tienen final: son perfectamente circulares.

En nuestro camino por la vida, cada uno tiene experiencias únicas dentro de su propio tiempo y espacio. Experiencias que implican un sentimiento, una visión, una emoción o algo intangible que es imposible describir a otros. Ocasionalmente un individuo tiene alguna experiencia tan poco común que puede considerarse privilegiado. Los arcoiris circulares son uno de los privilegios de los aeronautas, porque sólo pueden observarse desde un avión.

Hace muchos años, me encontraba volando en mi pequeño Cessna sobre la playa después de un aguacero y el aire era cristalino y fresco. El sol estaba casi a mis espaldas cuando empecé a verlo frente a mí. Al principio tan tenue que no me di cuenta que era circular, pero poco a poco fue volviéndose más intenso, hasta que los siete aros de colores aparecieron brillantes y perfectos.

La visibilidad era ilimitada y el arcoiris parecía flotar en el aire, como suspendido sobre la playa, enmarcado por el cielo, el mar y las montañas. A los pocos minutos las franjas de colores me rodeaban, estaban en las puntas de las alas, en lo alto del parabrisas y por abajo del avión. ¡Estaba pasando por el centro de un arcoiris! Un instante después todo era recuerdo.

Nunca había sabido de arcoiris circulares y la emoción que me produjo no podría describirla. Cuando aterricé en El Lencero y empecé a hablar del asunto, los pilotos viejos me hicieron poco caso. Cualquiera ha visto un arcoiris circular, dijo uno de ellos, pero no se puede pasar por él porque es luz refractada y al acercarte cambia el ángulo de refracción y dejas de verla.

Yo sabía que había volado a través del arcoiris, pero jamás volví a mencionar el asunto por no aparecer como ignorante de los principios físicos y porque con los años he vuelto a ver arcoiris circulares muchas veces, pero nunca pasado por ellos.

Esta Semana Santa, en el tablero de anuncios de un pequeño aeropuerto tejano leí esta nota: "Si alguna vez has volado a través de un arcoiris circular, por favor llámame. Tom". El corazón me dió un vuelco y anoté el número telefónico. Esa noche Tom y yo nos convencimos de que no habíamos sufrido alucinaciones, porque su experiencia fue idéntica a la mía, en otra tarde cristalina después de un aguacero y con el sol casi a sus espaldas.

Cuando colgué el teléfono salí al jardín y contemplé la Luna por un rato. Después de todo, pensé, a lo mejor si es de queso.