BUSHIDO

Miyamoto Musashi, el gran Samurai del Japón feudal, se disponía a matar con la espada a un asaltante del Palacio Imperial. El ladrón, que conocía la disciplina del Samurai, le escupió a la cara. El Samurai guardó la espada, se limpió el rostro y dejó que el asaltante huyera. El Bushido, el código ético de los Samurais, prohibe matar estando enojado.

En la aviación, la disciplina es un asunto de vida o muerte. Brown, el Secretario de Comercio de los Estados Unidos, murió hace dos meses porque su piloto no respetó los mínimos establecidos para una aproximación por instrumentos en Bosnia. En Xalapa, fue famosa la anécdota de Paco Valenzuela (+) quien era piloto del único helicóptero del Gobierno del Estado. Una tarde venía de regreso hacia Xalapa con el Subsecretario a bordo y las condiciones meteorológicas se deterioraban rápidamente, por lo que se dispuso a aterrizar en un claro a la vera de un camino. El funcionario, quien tenía fama de autoritario y debía llegar a inaugurar la temporada de la Sinfónica, amenazándolo con despedirlo le ordenaba a gritos continuar mientras el helicóptero se posaba en tierra. El licenciado Carbonell (+) llegó a Xalapa en un autobús de segunda y se perdió el concierto, pero tuvo una noche para pensarlo. Al día siguiente llamó al piloto y le agradeció haber cuidado de su vida.

Todos los que volamos necesitamos un Bushido personal, que no tiene que ver con las leyes, sino con nuestras convicciones. A mí, por ejemplo, me parece una tontería volar de noche en un monomotor, pero en los EU es indispensable tener o demostrar experiencia en vuelo visual nocturno para poder tomar el curso de vuelo por instrumentos; así que, en una noche despejada, con el instructor a bordo y a 2500 pies sobre el terreno estuve haciendo virajes sobre un aeropuerto durante una hora. Cuando diez días después concluí el curso y le extendí un cheque en pago de 56 horas de instrucción, Walter Smith me preguntó sonriendo: ¿cuánto habría cobrado si te hubiera exigido realizar un vuelo de ruta nocturno?, y sin darme tiempo a responder añadió: ¿una hora o dos?

Para entonces Walter y yo ya eramos amigos y nos fuimos a cenar para celebrar. En los postres, me recomendó usar mi nuevo privilegio con prudencia y no volar con menos de 1500 pies de techo y tres millas de visibilidad mientras no adquiriera más experiencia. Le confesé que Xalapa estaba en las montañas y ahí llegábamos rutinariamente con 700 pies y dos millas en vuelo visual. -¿Y no vuelas de noche? ¡mecsicano loco!, concluyó.

Diferente Bushido, pensé yo.