BILLY WHITEHURST

Volar ha sido siempre uno de los sueños del ser humano. Volaron los dioses mitológicos, los seres sobrenaturales y los ángeles, pero durante milenios el hombre sólo soñó volar.

El nacimiento de la aviación provocó un sentimiento universal casi místico hacia las primeras aeronaves y sus pilotos, que materializaban el milenario anhelo. Las máquinas voladoras eran algo más que máquinas.

Decenios más tarde, la llegada de Armstrong a la luna, en medio de la mayor publicidad de la historia, no logro un efecto siquiera semejante, porque fue producto de un equipo altamente técnico pero frío, que no reflejaba el espíritu humano de individualidad.

Es revelador que apenas un año después, en 1970, Richard Bach, un piloto romántico que recorría los Estados Unidos en un viejo biplano, haya logrado el mayor éxito literario de la década con "Jonathan Livingston Seagull" (Juan Salvador Gaviota), donde el vuelo de un ave pulsó la cuerda que el cohete lunar no pudo.

El verano pasado tuve el privilegio de volar durante dos semanas con Billy Whitehurst en sus aviones: un biplano Great Lakes y un Piper Cub que fue de su padre y en el que realizó su primer vuelo solo hace muchas décadas. Posteriormente Billy acumuló en bitácora más de 32000 horas, la mayoría como instructor en "Bolivar Aviation", la escuela que fundó e hizo mundialmente famosa.

Cuando se retiró, conservó su viejo Piper Cub y adquirió el Great Lakes. "Es un biplano con alma -me dijo- lo volé en los cincuentas y desde entonces decidí que tendría uno cuando volara sólo para ". Cuando hice un comentario sobre su extraordinaria habilidad para realizar suavemente maniobras acrobáticas, negó tener mérito "es el avión -me dijo- fue de Sandy Pierce, la famosa acróbata".

En febrero terminé de armar el Great Lakes que he estado construyendo, en el hangar siete del aeropuerto El Lencero de Xalapa, y le envié a Billy una foto del avión. En respuesta recibí una llamada de su hija informándome que el corazón de Billy se detuvo una noche de diciembre.

En las horas que pasamos juntos en la carlinga bajo el sol de Tennessi y en las que compartimos en tierra hablando de aviones cuando la lluvia o la niebla nos impedían volar, descubrí en Billy un ser humano cálido y generoso, en paz consigo mismo, que volaba por satisfacer una añoranza existencial.

En su honor un aeropuerto norteamericano lleva hoy su nombre; y un pequeño biplano xalapeño, mi Great Lakes, dice en el morro "Billy Whitehurst".